Conocida como encina, carrasca, chaparro y un sinfín de nombres más, este árbol resistente a climas secos y de gran exposición solar, se puede encontrar hasta en una altitud de 1500 metros. Ofrecen una buena sombra al pastor y al caminante y el fruto que nace de ellas, la bellota, es el alimento preferido del cerdo ibérico.
Tienen unas hojas irregulares y puntiagudas y se dice que estas hojas tienen esta forma tan peculiar como medio de protección del árbol para que los animales no las tomen como alimento.
En la Península Ibérica se pueden encontrar dos variedades de encina, siendo el fruto su elemento diferenciador. La encina (Quercus ilex) que aporta unos frutos más dulces y redondeados y su variante (Quercus ilex subsp ) proporciona bellotas más alargadas y de sabor más amargo.
El aprovechamiento más conocido de las bellotas es el de servir de alimento a los cerdos de raza ibérica, de los que se obtiene el tan valorado jamón ibérico.
El cerdo ibérico se cría en libertad en las dehesas de la zona suroccidental de nuestro país, teniendo como alimentación las bellotas y el pasto que consigue del terreno en el que habita. El producto elaborado obtenido de estos cerdos ibéricos se clasifica según el porcentaje de bellota que haya constituido la base de su dieta, considerándose de mayor calidad cuanto mayor sea la proporción de este fruto dentro de la alimentación del animal.
La bellota de encina tiene un alto contenido en hidratos de carbono (alrededor de un 46%) y es baja en proteínas, grasas y celulosa.
En la época de la posguerra se hacía pan de harina de bellota y también café. Antiguamente se cocían las bellotas y la corteza de la encina utilizada como remedio de la diarrea, cicatrizante para las heridas, y para eliminar granos, espinillas y exceso de grasa como uso externo. Su alto contenido en taninos hace que no se pueda utilizar como uso interno debido a su toxicidad.